“¡Pp, pp, pp!”

Enero 6, 2008

“Tirofijo” y su gran aliado, dos pícaros engañándose.

Mi adolescencia transcurrió entre los años finales de la guerra mundial y la inmediata posguerra. Como siempre, a toda América Latina y a Venezuela mucho más (y ni qué hablar de Barquisimeto) llegaban con atraso los desechos de guerra para la venta: los Jeeps, las chaquetas de muchos bolsillos y las botas claveteadas. Como lo más consumido, por ser lo más barato, era el cine, hasta 1950 estuvimos tragando películas de guerra. Al final nos hartamos de aquellos bodrios donde todos los gringos era buenazos y todos los japoneses malucos.

Cansados ya del temita, solíamos reunirnos en el cine los más traviesos para gritar cuando aparecían gringos gigantes y rubios vestidos con albas túnicas y japoneses enanos y lívidos (todavía el color no llegaba) de cuernos y cola dentada, una interjección más bien críptica: “¡Pp, pp, pp!”. Luego explicábamos a quien nos preguntaba qué cosa queríamos decir con eso : “¡Pura propaganda!”.
Traviesos y alborotadores

Hoy, ya no son unos muchachos traviesos y alborotadores los únicos en gritar así: cada día aumenta el número de los gritones, de los que dicen “¡NO!” y no sólo al meter un boletín de voto. Cada día son más los venezolanos hartos de tanta mentira que ven, en cada acto, en cada palabra, en cada respiro del atarantado de Sabaneta, algo merecedor de la etiqueta y del grito: “¡Pp, pp, pp!”.

Y son tantísimas las ocasiones para hacerlo, que uno no sabe por cuál comenzar, lo cual forma parte del truco: se trata, como dicen los franceses, de noyer le poisson, o sea de “ahogar el pez”, para confundir y hacer pasar por muerte natural un increíble asesinato: ¡un pez ahogado, válgame Dios!

Pero por algún lado hay que comenzar, y en este caso lo haremos hablando de dos falsas libertades: la de los rehenes en manos de las FARC y la de los rehenes en manos de Chávez. En primer lugar, pronto se descubrió la engañifa de la banda de “Tirofijo” tratando de hacer creer a la opinión pública internacional que se trataba de un intercambio de prisioneros de guerra.
Llamarlos como corresponde

Pero pronto, hasta ellos mismos, hasta el propio Chávez aceptó llamar a los secuestrados por “Tirofijo” como correspondía: rehenes. Aunque dándoles por pereza mental un inmerecido barniz político, algunos periodistas continuarán llamando “guerrilleros” a quienes eran sólo bandoleros dedicados a lucrar con el secuestro, el asesinato y el narcotráfico, en manos de una ley que les ofrecía todas las garantías para su defensa, y una opinión que cuidaba de sus derechos humanos; derechos éstos que merece hasta el más endurecido criminal, pero que la banda de “Tirofijo” ni siquiera ha pretendido asegurar a sus rehenes. Palabra ésta que ahora emplea toda la prensa: cuando Chávez se presentó en Francia, el muy respetado Le Monde precisó que se estaba frente a lo que la policía llama “una situación de rehenes”. Una situación que hace comprender todas las concesiones hechas por el presidente Uribe, entre otras cosas solicitar la mediación de quien él sabía que era juez y parte, Hugo Chávez: la situación de rehenes aconseja siempre ceder a todas las peticiones de los captores, para proteger así la vida de los secuestrados.
Nuestro signo monetario

“Tirofijo” y su pandilla han tratado en los últimos años de cobijarse bajo la bandera “bolivariana”, acaso pensando más en nuestro signo monetario que en nuestra Guerra de Independencia. Y ni siquiera han disimulado el apoyo de que disfrutan (esto en todos los sentidos de la palabra) por parte del mandón venezolano. Pero por lo visto, su mano tendida para recibir les ha impedido ver para conocer quién era Hugo Chávez Frías, su ego desmesurado, su narcisismo sin medida. Él no podía aceptar que la FARC estuviesen acaparando con sus malhechurías una atención que él cree le sea debida a él solo y a nadie ni nada más, en todo sitio y a toda hora. Además, estaba pasando por un mal momento, con la ardiente victoria del NO en el referéndum que debía aprobar su presidencia vitalicia. Entonces ideó, junto con “Tirofijo”, un verdadero show mediático para, hacer que (como dicen justamente los colombianos), le “pararan bola” unos mass media que parecían estarse desinteresando de él: las FARC entregarían dos rehenes y un niño nacido en cautiverio como un regalo a Hugo Chávez.
Como el alacrán

Pero como el cuento del alacrán, la mentira y el desprecio por el dolor ajeno están en la naturaleza misma de la banda de “Tirofijo”, y le mintieron hasta al propio Chávez, al cual dejaron colgado de la brocha, revelando así ante el mundo entero que su supuesto dominio sobre sus clientes era, para decirlo como aquellos liceístas de los años cuarenta, “Pp, pp, pp”: pura propaganda.

De igual manera puede llamarse su decreto de una sediente amnistía. Jugando (como sus cómplices de la pandilla forajida de “Tirofijo”) con los sentimientos de los familiares de los presos políticos; intentando tapar su fracaso en Colombia, Chávez firma un decreto amnistiando no a personas presas o perseguidas, sino delitos cuya condición de tales no existe sino en la voluntad de Chávez quien considera un hecho criminal toda oposición a su persona. El fulano decreto equivale así a decir que se pondrá en libertad a todo el mundo, a excepción de los que estén presos. Algún asesor de Chávez debe haber leído a Maquiavelo y su consejo al príncipe de mantener en vilo a su pueblo con acciones espectaculares: así Fernando el Católico con la expulsión de los moros y las guerras de Italia. Pero así como el secretario Florentino olvidó el descubrimiento de América, casi todos los déspotas suelen olvidar que donde menos se espera salta la liebre. Un salto que puede volver trizas el más cuidado aparato de “pura propaganda”.

hemeze@cantv.net

Manuel Caballero – “El Universal” – Domingo, 6 de enero de 2008

Si Chávez intenta sólo ganar tiempo para imponer su visión, el repudio crecerá

Con los santos de espalda

Todo le sale mal de un tiempo a esta parte. Recuerda a personajes como el Gordo y el Flaco. Especialmente al Gordo: cuando encendía la chimenea, la ropa cogía candela; en el momento en que abría la puerta, venía alguien del lado opuesto que le aplastaba la nariz; apenas volteaba al lugar del jolgorio, la torta de chocolate se estrellaba contra su grasiento y abombado rostro; los perros lo orinaban y, desprevenido, saltaba de los trampolines a piscinas vacías.

El de aquí, anda mal; la pava no lo suelta; los del entorno íntimo hacen un nudo en el pañuelo cuando están con él; hay casas en las que colocan escobas detrás de la puerta cuando lo reciben; algunos de sus ministros meten la mano en el bolsillo izquierdo y se aprietan, discretamente, la pequeña redondez en sus vergüenzas para desterrar los malos aires. En fin, todos los días parecen martes y todos los martes son 13. Nada más faltaría que poseyera aliento de óxido de azufre, que tuviera gastritis crónica, algún trastorno tripolar (el bipolar sería muy poco), diverticulitis, flatulencias matinales, y abandono de novias y afines.

¿Qué le ha pasado a la promesa de Sabaneta? ¿Qué mal de ojo hizo trizas al seductor de tanta gente hambrienta? ¿Qué astros se han cruzado en el camino para producir estos desastrados resultados? ¿Es su culpa?

Un Camino Que Finaliza. Chávez llegó a donde llegó no sólo como expresión de sus ideas e intuiciones, sino como símbolo de una alianza que pretendía hacer la revolución a punta de bayoneta y de socialismo cubano. No logró someter al país, ni lo convenció de las bondades de sus promesas. Sin duda tiene apoyos, pero éstos son realengos, y, últimamente, cuestionadores y alzados.

Esos grupos radicales que Chávez encabeza y expresa, apostaron a imponer una sociedad, y una vida, que ha sido resistida por opositores y chavistas de a pie. La idea de que la redención viene de los impromptus de un caudillo iluminado, tropezó con el espíritu sandunguero, libertario y hasta caótico, de una sociedad acostumbrada a hablar fuerte y claro durante mucho tiempo.

Basta ver cómo los intelectuales vinculados al chavismo, salvo aquellos que tienen más apego a sus sueldos que a sus ideas, le han dicho a Chávez que si no rectifica lo que consolidará es un régimen represivo, impopular y soviético. Si acaso lo logra.

El proyecto autoritario se desmorona. El núcleo dominante parece haber pensado que con el control de la cúpula militar, creando unos ricos a punta de corrupción, sobornando aquí y allá, era suficiente para imponer un camino. Se equivocó. El voluntarismo como demiurgo de la historia, fue, una vez más, al fracaso.

Cuando Chávez estimó poder solucionar el problema de medio siglo de la guerrilla colombiana y que le iba a ganar la mano a Uribe, en su patio, demostraba su suicida visión salvacionista. Cuando se sintió capaz de insultar a Bush, a Fox, a Alan García, a Uribe, al Rey de España, a Tony Blair, a los periodistas, a los opositores, a los empresarios, a los sindicalistas, a los dirigentes de los partidos, y también a los suyos, a los que culpa de sus propios fracasos, el personaje demostró un alterado sentido de las proporciones. El corolario de toda esa cadena de yerros es la derrota en el reciente referéndum.

Sin embargo, no sólo fracasa Chávez, sino una política y las alianzas que expresa. Fracasa una visión; naufraga un gobierno, un equipo, un estilo, un lenguaje. La apoteosis de tales lineamientos fue aquel calificativo estercóreo que le lanzó a la oposición, la humillación a la que sometió al Alto Mando militar en esa ocasión, y los regaños descompuestos a sus propios partidarios, como modo de eludir sus propias responsabilidades.

Los Consejos Cubanos. Chávez al parecer tiene dos consejeros a los cuales, de vez en cuando, escucha. Son José Vicente Rangel y Alberto Müller Rojas. A pesar de haberlos despedido en forma desconsiderada, éstos han aprovechado su distancia del caudillo para intentar retomar lugares en la opinión pública desde los cuales obligarlo a escuchar. Cuando estuvieron como subordinados de Chávez fueron ninguneados, pero desde la tribuna pública no pueden serlo tanto. Ambos han hecho críticas diagonales, sin querer queriendo, del estilo “seguramente Chávez tomará en cuenta esto…”, “el Presidente es muy sensible a tal o cual cosa…”. Con lo cual envían mensajes sobre el centralismo, el atropello, la inseguridad, los riesgos de la política militar, la torta de la economía, entre otros ingredientes. Chávez no los respeta demasiado, pero les teme.

Sin embargo, esas opiniones no son suficientes. El viaje reciente a Cuba tuvo efectos inmediatos más sólidos. Debe recordarse que los cubanos gobernantes son expertos en sobrevivencia política (y, al parecer, biológica también). Al regreso, Chávez cambió el tono, aun cuando estuvo a punto de ebullición con el fracaso de su gestión con las FARC. La amnistía chucuta, más destinada a condenar a unos que a amnistiar a otros, si se completara, podría convertirse en expresión, más que de un intento de cambiar el foco de atención, en un tanteo para buscar otros derroteros. Un régimen que se encuentra a la defensiva después de muchos fracasos es posible que ansíe recomponer sus alianzas internas y su relación con el país. Es factible que no sea más que un conato; nada quita que dure lo que duró la rectificación de abril de 2002; pero algún cambio podría haber y cabría observar hasta dónde llega.

¿Será Posible? Para lograr algo diferente a la cosecha de derrotas, el Gobierno tiene que cambiar el sentido de sus alianzas y su relación con el país, chavista y no chavista, que rechaza sus conductas. Para agenciarlo tiene que abandonar el estilo que confina a ese país disidente a la condición de inexistencia. Una amnistía total, de verdad verdad, sin mezquindades, crearía condiciones para un diálogo que hasta ahora se ha hecho imposible. Un cambio de gabinete que pueda tener capacidad de combatir el crimen desatado, la inflación desmandada y la corrupción galopante, serían indicadores inestimables para abrir unas compuertas¿y cerrar otras. En el reciente cambio -y hasta este instante- los que entran no son distintos, pero la salida de dos representantes de la intolerancia, Jorge Rodríguez y Willian Lara, podría querer decir algo.

Chávez no puede cambiar sin romper con los que, junto a él, lo han aupado al curso de colisión que lo ha hecho naufragar en sus políticas. Si intenta sólo ganar tiempo para imponer la visión que el país ha rechazado, el repudio crecerá. Si existiera esa mínima posibilidad de hacer un país más amable, más propicio al diálogo, capaz de superar la terrible exclusión política, ciudadana y social, de estos nueve años, se abrirían horizontes imprevistos. Puede que sea imposible, pero no está demás imaginarlo como abreboca del 2008.

carlos.blanco@comcast.net

Carlos Blanco – “El Universal” – domingo, 6 de enero de 2008

Hace exactamente medio siglo el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez escapó precipitadamente al extranjero. Lo derrocaron otros militares tras varias semanas de disturbios populares. El episodio no era sorprendente. La historia política de Venezuela, hasta ese momento, había sido una lamentable sucesión de liderazgos violentos impuestos a punta de pistola. El país, aunque nominalmente era una república, no había conseguido organizar la transmisión de la autoridad civilizadamente y con arreglo a la ley. No mandaban los ciudadanos, como se supone que ocurre en las repúblicas, sino los espadones. No obstante, gracias a los ingresos petroleros, había logrado prosperar progresivamente hasta colocarse entre las seis naciones más ricas de América Latina.

A partir de 1958, y por las próximos cuatro décadas, ocurrió un milagro. Los venezolanos lograron cambiar pacíficamente a sus gobernantes cada cinco años, recurriendo a elecciones razonablemente honradas en las que se alternaron en el poder dos partidos, uno socialdemócrata y otro democristiano. En ese periodo, además, la población –mitad rural, mitad urbana al comienzo de la etapa democrática– pasó de 7 a 23 millones de personas, de las cuales, al final, el 86% ya vivía en ciudades generalmente dotadas de electricidad, teléfono, agua potable, alcantarillado, calles pavimentadas, escuelas, polideportivos y asistencia médica.

En 1999, cuando el presidente Chávez comienza a gobernar, 87 de cada cien hogares posee televisión en color, y el número de teléfonos per cápita es mayor que en Brasil o México. Simultáneamente, el analfabetismo sólo alcanzaba al 9% del censo, proliferan las universidades públicas y privadas, hay millones de niños en las escuelas, y el promedio de vida alcanzaba los 73 años. En ese momento, en el país existían amplios sectores sociales medios, y Caracas, llena de impresionantes edificios, contaba con el mejor museo de Arte Contemporáneo de toda América Latina, el que fundara Sofía Imber, y exhibía una notable muestra de artistas plásticos de rango internacional.

Había, naturalmente, grandes problemas, pero existía en Venezuela un gran indicador que demostraba su relativo éxito: los venezolanos apenas emigraban, mientras centenares de miles de colombianos, españoles, portugueses e italianos se trasladaban hacia ese territorio en busca de unas oportunidades que no encontraban en sus respectivas naciones, o, como sucedía con los cubanos, chilenos y argentinos, en procura de la libertad que no existía en sus tiranizados países. Hoy, desgraciadamente, el signo del éxodo se ha invertido. Decenas de miles de venezolanos, muchos de ellos estupendamente instruidos, huyen hacia otros climas sociales y económicos menos disparatados en los que puedan ser libres y ganarse el pan decentemente.

¿Qué ocurrió en Venezuela en esos 40 años –con todos sus defectos, las mejores cuatro décadas consecutivas de toda su historia–, y por qué el país se entregó irresponsablemente en las manos de un charlatán de feria como Hugo Chávez? La mejor respuesta que conozco está en un libro reciente de Ramón Guillermo Aveledo, profesor universitario, escritor y ex presidente de la Cámara de Diputados. Se titula La cuarta república: la virtud y el pecado, editado en Caracas, y en sus 300 páginas describe con absoluta objetividad “los aciertos y los errores de los años en que los civiles estuvieron en el poder en Venezuela”.

¿Por qué el 62% de los venezolanos, según las encuestas de la época, apoyó el sangriento intento de golpe militar de 1992, cuando Hugo Chávez trató de acabar a tiros con el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez? Aveledo no responde esa pregunta, pero coloca todas las cartas sobre la mesa para que el lector saque sus propias conclusiones. El fue un político sin tacha, totalmente consagrado al servicio público, pero sabe que la corrupción, la impunidad, el clientelismo y los desastres económicos (muchos de ellos consecuencias de los errores traídos por el keynesianismo, las recetas de la CEPAL y la teoría de la dependencia), fueron alejando a los venezolanos de la clase política que los gobernaba, hasta provocar que se arrojaran en brazos de un aventurero ignorante, con la esperanza de que solucionara rápidamente los males que aquejaban al país.

La lección que se deduce de la experiencia venezolana es bastante sencilla. La frágil estructura republicana, con sus tres poderes independientes, autoridad limitada, rendición de cuentas y elecciones periódicas y plurales, sólo puede subsistir si toda la sociedad, y en primer lugar los políticos que la administran, se colocan humildemente bajo la autoridad de la ley. Simultáneamente, el conjunto de la población, además de percibir que las reglas son equitativas y todos se someten a ellas, tiene que ver el futuro con cierta ilusión. Tiene que creer, racionalmente, que el sistema le va a permitir mejorar su calidad de vida paulatinamente. Parece que eso falló en Venezuela. Pero no es verdad que se perdieron los cuarenta años de democracia. El verdadero desastre es lo que vino después.

 

Carlos Alberto Montaner

Publicado en “El Nuevo Herald” – Domingo, 6 de enero de 2008