Edo // Caricatura 03701/2008
Enero 3, 2008

Rayma // Caricatura 03/01/2008
Enero 3, 2008

¿Con quién contamos?
Enero 3, 2008
El chavismo oficial emprendió una tarea de “recomposición” que puede ser suicida
Con Chávez, en primer lugar! Y luego, no faltaba más, con su pandilla. Con la misma que condujo a la más fenomenal derrota de la historia electoral venezolana y la misma que ha hecho un pésimo diagnóstico de qué la produjo. Peor incluso: uno que lleva aparejado una estrategia que les garantiza un abismo peor.
Esa nefasta estrategia sólo indica una cosa: no han entendido ni jota de las razones que produjeron la debacle, con lo cual, quiéranlo o no, garantizan que el abismo que les espera será peor. Desde amenazas a gritos en el Mercal de La Vega, en Caracas, “por su ingratitud”; hasta chequeo, lista en mano, de los pedevesos en su momento de votar, y a quién lograron arrastrar con ellos.
Y, por supuesto, las dolidas -y dolorosas- reclamaciones de Chávez a los suyos en cuanto acto público se les aparece. Ahora, les dice, ya no podrán contar con su desvelada y perenne presencia después del 2013. Así que vayan olvidándose de Hummers, viajes, y dólares sin colas ante Cadivi. Nada tendrán cuando él ya no esté. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
El chavismo oficial, el que está enchufado, el de los mamandini, ha emprendido una tarea de “recomposición” que puede resultar suicida: recriminaciones, veladas amenazas y acusaciones de todo tipo terminarán afianzando lo que pretenden curar.
¿Qué les impide asumir la “estrategia Betancourt” en los años posteriores a la pérdida del poder de 1968? ¿La recuerdan, visitar casa por casa a quienes se habían ido con el MEP de Prieto, para recordarles que “adeco era adeco hasta que muriese”? Aquella estrategia resultó triunfante en diciembre de 1973. De nuevo, el Partido del Pueblo en el poder, de donde nunca debería de haber salido, coincidían con Rómulo todos los adecos, reencontrados al fin.
La que hoy contemplamos maravillados en ministerios, alcaldías y cuanto ente del Estado yace secuestrado por la pandilla gobernante, es todo lo contrario y sólo garantiza un triunfo, ¡el de la oposición!
Quienes en el futuro estudien este fenómeno nos arrojarán importantes luces de porqué el chavismo no pudo emprender, y menos culminar, una estrategia ganadora. Su visión de las cosas posiblemente no permite la más mínima rendija por donde se cuelen las verdaderas razones para la debacle y al final, quizás lo peor: dólares a manos llenas. Sin contralorías, y por ello sin temores, no se sabe aún el daño profundo que le han hecho a esta revolución.
Lo que sí podemos es atisbar el fenómeno antropológico que yace en la derrota. ¿Cómo fue posible que el votante tradicionalmente chavista (les distingo de la minoría radicalmente enamorada -y comprometida- con este proyecto enloquecido) conscientemente se abstuviese, o peor, se pusiese al lado de los que se oponen a Chávez? Y cuando digo “conscientemente” lo hago en el más inclusivo contenido del término: estaban muy conscientes de los riesgos que corrían con tal comportamiento. Pero también del efecto “liberador” que para ellos tenía el asumirlo.
Las pruebas están allí, en los datos. Para haber crecido más de 300 mil votos en apenas 12 meses (con toda la abstención de los incrédulos y desesperanzados que hasta ahora les acompañaban y que como un fardo se le clavaron en sus espaldas) había que contar con miles de gente de aquel lado dando el salto. No hay otra forma de entenderlo. Por eso es preciso acudir al alma de cada quien para comprenderlo.
Ello es tanto más necesario cuando lo vemos por ciudades y pueblos del interior. Si no ¿cómo entender el triunfo del NO en Cumaná, la pelea cabeza a cabeza en Carúpano, el empate en Falcón, los aludes en Miranda, Táchira y Carabobo, el cambio en Lara y Ciudad Bolívar? Pero lo que es crucial es imaginar a quien siempre se ubicó al lado de Chávez que se resistió a acudir a la mesa respectiva. Imaginar sus dudas, sus vacilaciones, su dolor, en fin.
Cuántos miles de pedevesos, de “misioneros”, de aprovechados, que se mantuvieron alejados de las mesas, mientras veían pasar las horas sabiendo de las angustias por las que pasaban los encargados de responder por ellos. Nada logró moverles. Pero peor fueron quienes ya habían decidido concurrir para darle la espalda a las alarmantes pretensiones de Chávez. Le dieron su NO cuando éste clamaba por su SÍ.
Allí está él. Aparentemente impertérrito, pero en realidad golpeado. Sólo sabremos cuánto en los próximos meses. Mientras, podemos contar con él, que es quien bloquea su propia revolución, tornándola imposible. Bienvenido pues al nuevo año, que puede ser el de la estocada definitiva.
antave38@yahoo.com
Antonio Cova Maduro
Publicado en “El universal” – Miércoles, 2 de diciembre de 2007
¡Buen idioma 2008!
Enero 3, 2008
¡A ganar en el 2008 la batalla contra la lengua sucia!
Siempre que comienza un año, se expresan múltiples deseos; y en la “noche de paz” que, creo, se refiere tanto a la Nochebuena como a la Nochevieja, nadie quiere saber, ni siquiera hablar, de guerras. Y como, según la gastadísima cita de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, se supone también que la gente no quiera hablar de política. Estamos en desacuerdo con la última parte de esta proposición, pero respetamos el deseo de la mayoría, no porque sea mayoría, sino porque comprendemos su deseo de hablar de “otras cosas” como si todo, absolutamente todo, no fuese política. Adoptaremos entonces en esta última nota del año 2007 una línea media : hablar de política sin hablar de eso, pero hablando.
Hablaremos entonces de algo de uso diario e indispensable que poseemos desde hace mil años, cuya vocación es enriquecerse y enriquecernos, pese a nuestra suicida tendencia a empobrecerlo.
Más que todo el oro
Hablo de nuestra lengua, un tesoro legado por nuestros conquistadores, muchísimo más valioso que todo el oro que pudieran extraer de estas tierras, como lo reconocía un Pablo Neruda que no era nada tierno con esos conquistadores.
Yo no soy gramático, lingüista, ni nada que se parezca; ni siquiera estoy seguro de conocer a fondo esa lengua que confieso adorar. Por el contrario, tengo más bien fama de deslenguado o cuando menos, de mala lengua. Pero pienso que existe una posibilidad de plantearnos un combate y de ganarlo abrumadoramente, pero a condición de que no sea cosa sólo de gramáticos, lingüistas y buenas lenguas, sino un combate de todos, abrumadoramente también todos. Y aunque toda lucha por el idioma lo sea, este podría transformarse en el primero, jerárquica y cronológicamente, de nuestros combates políticos en el año 2008. Me refiero a limpiar nuestra lengua de innecesarias suciedades.
Antes de seguir adelante, debo aclarar que no soy ningún pacato, ni purista, palabra esta última que considero, justamente, una mala palabra.
Esa magnífica “ñ”
No voy a mentir diciendo que cuando recibo una patada sorpresiva en la espinilla, invoco al Altísimo. No porque sea agnóstico, sino porque nadie me lo creería, y con razón, y menos hablando una lengua como la nuestra que posee una palabra que en sus cuatro escasa letras (que en verdad son tres, pues una es repetida) contiene esa magnífica “ñ” patrimonio exclusivo (digo, creo yo) del español.
Pero es que he estado observando que, después de que fuera empleada una expresión escatológica por alguien que confunde la más alta Silla de la República con una letrina, algunos de mis colegas de la prensa (incluyendo a los columnistas de opinión) parecen creer llegado el momento de soltarse el moño para hurgar, en vez del diccionario, en el basurero. Cuando, por el contrario, debemos hacer un frente común para diferenciarnos de la soldadesca que nos manda. Mostrarle al mundo que una nación de seres civilizados, en un momento de locura eligió a un patán de habla burdelesca para mandarlo.
Un consejo
Lo que estoy proponiendo es lo que como consejo (por lo menos, eso se dice) le llegó a aconsejar Napoleón a Cambronne después del “taco” que éste largó en Waterloo cuando los vencedores ingleses lo conminaban a rendirse: “Cuide su lengua”. ¿Autocensura? No; no sólo porque es voluntaria, sino porque tengo la íntima convicción de que el empleo sistemático de esas palabras no es revelador de un mal carácter sino de una pobreza del lenguaje. La misma que hace que algunos chuscos quieran poner así un venezolano a describir una máquina de escribir: “Es una vaina cuadrada con unas vainitas con letras, que tiene además una vaina redonda que se hace girar moviendo unas vainas de los lados, y donde uno mete una vaina blanca y escribe allí una pila de vainas”. Si la combato a muerte, no le temo sin embargo a la censura, porque nuestro idioma (que en sus tiempos debió luchar contra la Inquisición) sabe como eludirla. Es así como en El buscón, Quevedo describía a un proxeneta diciendo que solía “meter el dos de bastos para sacar el as de oro”.
Incluso la pacatería puede tener sus virtudes: Salvador Garmendia solía hablar de una tía suya que tapaba los ojos de su nieta cuando veían a un hombre orinando en la calle: “Mire para otro lado, que ahí está un hombre con la malacrianza de la mano”. En cuanto a esa palabra que ha provocado estas notas, se le puede dar un magnífico rodeo con sólo aludir a la batalla del Museo Militar, donde eso se derramó a raudales.
Raúl Bethancourt ha muerto
Al conocer su muerte, todo el mundo incurrió en el error que siempre lo hacía rabiar: Raúl no era Betancourt como el presidente, ni Vethancourt como el siquiatra, ni Bethancourt como el empresario. No: su apellido es Bethancourt, tal como lo estoy escribiendo; y aludiendo a esa banalidad para ocultar la profundidad de mi pena: para mí, Raúl no fue nunca “mi librero”. A lo más que llegaba, cuando quería molestarlo era a llamarlo “mi alimentador espiritual”. No: Raúl era mi amigo, un amigo de esas lealtades que no se encuentran en botica, como se suele decir coloquialmente.
Por desgracia, lo he dicho muchas veces, la muerte causada por el automóvil en Venezuela es casi una muerte natural: un país que se ha dado el lujo de matar así a su poeta más popular (Andrés Eloy Blanco), a su más grande humorista (Aquiles Nazoa), a su casi seguro primer Cardenal (Monseñor Rafael Arias Blanco), a su mayor torero (César Girón) y hasta a un santo (José Gregorio Hernández), ahora completa su desfile de víctimas con su primer librero, Raúl Bethancourt. Paz a sus restos. Su espíritu seguirá rondándonos cada vez que abramos un libro.
hemeze@cantv.net
Manuel Caballero
Publicado en “El Universal” – Domingo, 30 de diciembre de 2007